martes, 19 de enero de 2016

Rabietas, según Rosa Jové (Parte 2)

En la primera parte de esta nota (AQUI) vimos lo que son las rabietas y por qué son importantes en el desarrollo del niño. En esta segunda parte, les dejamos las recomendaciones que nos hace la psicóloga infantojuvenil Rosa Jové en su libro "Ni rabietas ni conflictos" para prevenirlas (dentro de lo posible) y para saber cómo actuar cuando se producen

¿Cómo prevenirlas?
En primer lugar, comprendiendo que el niño tiene sus razones, aunque no las entendamos.
En segundo lugar, permitiendo que pueda hacer de cuando en cuando lo que quiere si no es nocivo para la salud.
En tercer lugar, distrayendo al menor con otra cosa. 
No obstante, hay unos puntos que también sirven y hay que matizar más:
- La evitación: La mejor guerra es la que no se da. Si usted tiene un niño que cada día al ir al colegio pasa por delante de un quiosco y le pide que le compre algo y coge una rabieta ante su negativa, ¿no cree que es mejor cambiar la ruta para ir al cole? Si ir al supermercado es un motivo de conflicto, ¿no puede turnarse con su pareja para que vaya uno y el otro se quede con el niño? Dicen que ante el chocolate toda resistencia es inútil y los niños lo corroboran con todos los dulces, galletas y chucherías de los supermercados que quieren llevarse a casa. Por cierto, ¿se imagina por qué ponen las chucherías en las líneas de caja? Porque saben que por la caja pasa todo el mundo (niños incluidos) y que algo pedirán mientras esperan a que cobren a su madre. Los expertos en marketing lo tienen todo calculado.
- Paciencia y flexibilidad: Si usted está convencido de que las rabietas son un problema pasajero, que se pasa con la edad, eso le ayudará en este periodo. En cambio, si usted es de los que cree que si no las soluciona a base de mano dura el niño será un malcriado toda la vida, lo va tener muy difícil. Para ayudarle a cambiar, por si fuera de este último grupo de padres, hay una pregunta que puede ayudarle mucho: ¿en cinco años esto importará? Y es que las cosas tienen una importancia relativa y, a veces, castigamos muy duramente a nuestros hijos por algo de lo que, al cabo de los años, nos reímos por lo exagerados que fuimos. ¿Cuántos niños en un despiste de sus padres han cogido unas tijeras y se han cortado el pelo, las coletas o el flequillo de su hermano? Con el tiempo nos reímos al ver las fotos: no pasó nada, tan sólo un leve perjuicio estético. Eso no se merece un castigo (bueno, a los padres sí, por dejar una tijera a mano de los niños; si lo hubiera hecho la profesora, seguro que habrían ido a quejarse); en lugar de un castigo o quitarle las tijeras bruscamente, o decirle lo condenable que es aquello, es mejor distraerlo de las tijeras con suavidad y darle una explicación al niño: "Hasta que no aprendas a hacerlo correctamente, el pelo mejor lo corta la peluquera o los papas". Con lo primero (decirle lo mal que está o quitarle la tijera bruscamente) es probable que ganemos una rabieta, mientras que con lo segundo seguramente la evitaremos y el niño aprenderá quién debe cortar el pelo.
- Las expectativas cumplidas: Los niños no se conocen a sí mismos, no saben cómo son, si son buenos o malos: lo saben por lo que les decimos, y como nos creen, porque ya se sabe que "mi papá lo sabe todo", acaban pensando que son así y comportándose así. Es lo que se llama expectativas cumplidas. Nosotros terminamos siendo su espejo: si lo que ellos ven allí es bueno, crecerán con una autoestima alta, y si lo que ven es reprobación hacia su forma de ser, crecerán con una autoestima baja. Laura Gutman lo explica muy bien: Los niños creen en los padres. Cuando les decimos una y otra vez que son encantadores, que son los príncipes o princesas de la casa, que son guapos, listos, inteligentes y divertidos, se convierten en eso que nosotros decimos que son. Por el contrario, cuando les decimos que son tontos, mentirosos, malos, egoístas o distraídos, obviamente responden a los mandatos y actúan como tales. Aquello que los padres -o quienes nos ocupamos de criar- decimos se constituye en lo más sólido de la identidad del niño. Podemos no estar de acuerdo con lo que ha hecho nuestro hijo, pero nunca le censuraremos a él, sino a su conducta. Errar es humano y más en unas edades en las que no pueden razonar coherentemente, pero eso no implica ser mala persona. Dígale a su hijo lo maravilloso que es aunque el niño se equivoque en lo que haga o piense.

Y cuando no pudimos evitarla, y la rabieta ya estalló
¿Cómo se solucionan?
Hay dos formas dependiendo de si el niño tiene lenguaje o no. Los niños rayando los 18 meses es difícil que lo tengan, mientras que a los 4 años casi todos lo tienen. 

Para niños que hablan o entienden bastante, hablando con el niño y siguiendo los tres pasos:

PASO 1: Comprensión. La primera palabra que debería salir de la boca de unos padres es de comprensión hacia su hijo. Es una de las partes más importantes, porque cuando un niño se siente atacado, o es presa de un enfado, en ese momento no puede escuchar a nadie, así que por mucho que le quiera educar cerrará sus oídos. Incluso algunos se los tapan para no escuchar. Intente comprender sus sentimientos. Vea: 
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Pues eres un desordenado, y debemos aprender a recoger porque, si no, no podremos volver a jugar. ¿Es que no te das cuenta de que lahabitación está muy mal? Y que..."
A estas alturas seguramente ya se habrá tapado los oídos o intentará escapar. Si lo hacemos con comprensión, el diálogo podría ser:
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual."
¿Usted cree que el niño se tapará las orejas o seguirá escuchando lo que tiene que decirle? Seguramente continuará escuchando.

PASO 2: Educación. Lo segundo es educarle, pues esa es una tarea que nos compete, y por tanto le explicaremos qué se espera de él o lo que debe hacer. Pero recuerde que deben ser frases cortas, porque en cuanto el niño vea que hay un sermón seguramente sus oídos volverán a cerrarse a sus palabras. Los niños tienen una gran facilidad para desconectar. Veamos:
  • Niño:"¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual [paso 1: comprensión]. Pero hemos de aprender a recoger para que el día de mañana seamos ordenados. ¿A que no te gustaría tenerlo todo desordenado? Además, si no ordenamos la habitación se pierden los juguetes y luego no los encontramos y no podemos barrer ni limpiar y encima...".
¡Pare! Su hijo ya ha desconectado desde la segunda frase. Él ya ha intuido que es un sermón y sabe el final. Si quiere que su mensaje educativo llegue, a estas edades es mejor usar pocas palabras, así que priorice una enseñanza de todas las que hemos nombrado antes. Si su hijo a partir de entonces lo hace siempre bien, enhorabuena, pero si no lo consigue, ya tendrá otras oportunidades de cambiar la frase y darle más razones de por qué debe ordenar su habitación. Así que un buen ejemplo sería: 
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual [paso 1: comprensión]. Pero hemos de recoger para mañana encontrar los juguetes [paso 2: educación]".

PASO 3: Elección. Queremos adultos que sepan elegir, que sepan tomar sus propias decisiones, y nunca enseñamos a los pequeños a hacerlo. Los niños aprenden a tomar buenas decisiones si antes pueden elegir por sí mismos. Nunca lo harán si sólo siguen órdenes. En este sentido la historia podría desarrollarse así:
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual [paso 1: comprensión], Pero hemos de recoger para mañana encontrar los juguetes [paso 2: educación]. ¿Cómo lo arreglamos? ¿Te digo dónde van las cosas y tú las vas metiendo? ¿O lo hacemos los dos a medias, un trocito de la habitación cada uno? [paso 3: elección]".
Su objetivo es que su hijo aprenda con el tiempo a ordenar, no que desde el primer día lo haga solo y bien, así que dele un par de opciones, y problema resuelto. Es posible que su hijo le dé una nueva opción: 
  • "Miras mamá, mejor mitad para cada uno y de mi parte me dices dónde van las cosas."
¿Hay que aceptar esta nueva opción? Pues si no atenta contra la integridad física de nadie, se puede aceptar. Al fin y al cabo, el niño acaba recogiendo, usted le enseña y se han ahorrado una rabieta. Y por si fuera poco ha aprendido a tener ideas propias.

Veamos otro ejemplo:
  • Madre: "Nil, ¡es la hora del baño!"
  • Nil: "¡No quiero!"
  • Madre: "¡No me extraña, Nil, que no quieras venir a bañarte! ¡Con lo bien qué estás jugando! [paso 1: comprensión]. Pero tú sabes que cada día antes de cenar nos bañamos, porque llegamos sucios del cole, ¿verdad? [paso 2: educación]. ¿Qué te parece? ¿Te ayudo a bañarte, y así vamos más rápidos y puedes jugar después, o te dejo cinco minutos más y te vas a bañar solo? [paso 3: elección]."
El objetivo principal es que el niño se bañe, y lo hemos conseguido. ¡No importa que sea cinco minutos antes o después de la hora! 

Siguiendo estos pasos, no sólo conseguimos que nos haga caso, sino que además le estamos educando mucho más que si le obligamos sin más. Y encima aprende a tomar decisiones. Tan sólo debe tener en cuenta dos cosas:
1. Que el niño le escuche (intente ponerse a su altura, o compruebe que le escucha aunque haga otra cosa), y si está ya muy ofuscado, tranquilícele primero diciendo que todo tiene solución si lo hablan, pero que para hablar hay que estar algo más calmados. Permanezca a su lado hasta que el niño ya haya dejado de llorar.
2. Que le siga escuchando, para lo cual es importante el paso 1 (comprensión) porque si el niño ve que le va a llevarla contraria cerrará sus oídos. No siga con esta técnica si primero no ha dejado bien clara la parte de la comprensión.
En todo comportamiento del niño hay una razón, aunque no sea aceptable: dígale que entiende su razón aunque no la comparta.

¿Qué hago si mi hijo no cumple lo que han pactado? ¿Entonces debo castigarle?
Si su hijo no cumple puede rectificar su actitud mostrando el camino, prestando su ayuda o preguntando el motivo de su actitud. Vea el siguiente caso:
  • Madre: "Después de bañarte debes dejar la ropa en el cesto."
  • Niño: "¡No quiero!"
  • Madre: "No me extraña que no quieras; es mucho mejor ir a jugar que poner la ropa en el cesto [paso 1: comprensión]. Pero como es ropa sucia la tenemos que lavar y si no está en el cesto nadie sabe que debeponerse a la lavadora [paso 2: educación]. ¿Cómo lo solucionamos? ¿La pones tu a partir de ahora que ya lo sabes o quieres que lo hagamos un día cada uno hasta que sea tu cumpleaños? [paso 3: elección]". 
Imagine que al día siguiente le toca al niño poner la ropa en el cesto y no lo hace. En primer lugar, le mostramos el camino: "Cariño, acuérdate de que debes poner la ropa en el cesto". 
Si sigue sin hacerlo, le prestamos nuestra ayuda (al fin y al cabo, se trata de educarle; debemos ayudarle siempre que lo necesite): "Veo que sigues sin poner la ropa en el cesto, ¿necesitas ayuda? ¿Te pasa algo?".
Y si sigue sin ponerla, se puede acercar a él (lo anterior puede decírselo aunque esté en otra habitación, siempre que esté segura de que la oye) y en plan reunión familiar decirle: "Ayer te comprometiste a poner la ropa en el cesto. ¿Lo entendiste? ¿Por qué no lo has hecho?".
A lo mejor se piensa que hoy también le tocaba a usted, o se ha despistado de día. Sea como sea, con estos avisos la gran mayoría de los niños suelen tener suficiente.

Cuando el niño no habla (ni entiende): 
Para los más pequeñitos, para aquellos que apenas llegan a los 2 años, es muy difícil utilizar la técnica de los tres pasos. Cuando el niño es pequeño, ni habla ni entiende. Por eso a la más mínima que se ofusque porque le hayamos cambiado una cosa de lugar o le hayamos prohibido algo que él cree que debería hacer, va a estallar en una rabieta. El problema es la falta de comunicación: los padres no saben lo que pasa por su cabeza porque él no se hace entender, y el niño no entiende las razones de sus padres. Lo único que podemos hacer es permanecer a su lado y decirle frases cortas que reflejen lo siguiente: 
  • "Lo que nos pasa es porque no te entiendo y tú no me entiendes a mí, pero mamá (o papá) va a quedarse a tu lado hasta que estés mejor y veamos cómo solucionarlo". 

Un niño de 2 años no entenderá exactamente las palabras, pero llegará un día en que sí y entonces entenderá que siempre que tuvo una rabieta su madre estuvo a su lado preocupada por cómo podrían solucionarlo, y eso hará que en el futuro se enfade menos y se vaya reconfortando por la presencia y contacto de su madre.

Muchos niños, cuando están ofuscados, no admiten el contacto porque patalean o empujan. Si es así, manténgase a una distancia prudencial y vaya acercándose conforme su hijo le deje. Mientras, siga diciéndole que si eso sucede es porque no se entienden, pero que usted permanecerá a su lado hasta que esté mejor

En este video, Chile Crece Contigo también nos explica en forma gráfica cómo tratar una pataleta, siguiendo la misma línea respetuosa


Rabietas, según Rosa Jové (Parte 1)

Muchas de las consultas que nos llegan, especialmente de padres de niños alrededor de los 2 o 3 años, tienen que ver con cómo manejar de una forma respetuosa las rabietas (también llamadas pataletas o berrinches). Otros nos preguntan cómo evitar que sucedan, o cómo hacer que el niño deje de gritar. No hay recetas mágicas, y hay que entender que las rabietas son algo normal en el desarrollo de un niño sano. Podemos evitar muchas de ellas (ya veremos cómo) pero no todas. Y una vez que el niño ya ha explotado, NO DEBE SER NUESTRA PRIORIDAD QUE DEJE DE GRITAR, porque nos da vergüenza lo que piense el vecino por ejemplo, o porque estamos demasiado cansados para soportar gritos y pataleos. Si esa es la prioridad, muchas veces caeremos en prácticas dañinas: amenazas, gritos o el aislamiento (time-out) por un lado, o el darle en el gusto con lo que quiera (incluso si es dañino para su salud) en el otro extremo  
La prioridad durante una rabieta, para un sano desarrollo emocional del niño, es que nosotros mantengamos la calma (recordando que somos su ejemplo) y le brindemos la contención necesaria para que sepa que lo amamos y que puede contar con nosotros en las buenas y también en las malas (lo que a futuro se traducirá en un niño que confía en sus padres cuando tiene un problema). Debemos mostrar empatía, agachándonos a su altura y validando sus sentimientos (no puedo darte lo que pides, pero ENTIENDO que te enfades), lo cual hará que se muestren más abiertos a escuchar. 

En su libro "Diario Clínico", el doctor en psicología Sebastián León escribe:
¿Cómo pueden los hijos estar seguros del amor de sus padres? 
Hay un momento especialmente importante: cuando se dan cuenta que ellos los pueden calmar y contener cuando se sienten tristes, enojados, asustados o simplemente aburridos. En efecto, no hay mejor manera de que los niños vivencien nuestro paciente amor que conteniéndolos durante una pataleta. Así, al experimentar nuestra propia calma, ellos podrán hacer de manera gradual el maravilloso aprendizaje de la autorregulación emocional. 
Ciertamente, a veces estaremos cansados o fastidiados, y fallaremos. Pero si esto último es más la excepción que la regla, no hay demasiado problema: los padres somos seres humanos y falibles. 
Las pataletas, entonces, son una oportunidad privilegiada para que nuestros hijos incorporen de nosotros, sus propios padres, las bases de la inteligencia emocional. En definitiva, el problema no es la pataleta: depende de nosotros estar a la altura y ser maestros suficientemente buenos.

La psicóloga infantojuvenil Rosa Jové, en su libro "Ni rabietas, ni conflictos" nos explica lo que son las rabietas, y por qué son una etapa necesaria en el camino a la independencia.

¿Qué son las rabietas?
En el momento en que empiezan el lenguaje y el razonamiento (hacia los 2 años) el niño empieza a tener ideas propias, a saber que es un sujeto diferente del resto (ya empieza a utilizar su nombre o la palabra "yo" parareferirse a él) y empieza a querer independizarse (lo que no quiere decir que lo consiga tan pequeño). El resultado de todo esto es un niño que quiere meter una pieza cuadrada en una redonda porque tiene ideas propias de cómo se debe hacer el puzle. Que pinta las paredes porque cree que van a quedar más bonitas o que tiene un sentido propio de dónde deben ponerse los guisantes antes de comerlos. Y cuando le llevemos la contraria, eso va a provocar rabietas.
Porque una rabieta no es nada más que un deseo del niño enfrentado al deseo de los padres. Es una idea propia de un niño enfrentada a la idea que tiene el padre sobre cómo hay que hacer aquello. Y el niño, como no entiende lo que pasa, se ofusca y estalla emocionalmente.
Yo no digo que la idea buena sea la del niño; normalmente lo aconsejable suele ser lo que dicen los padres, pero en su rudimentaria forma de empezar a razonar el niño tiene unas razones que son muy importantes para él y las va a defender a capa y espada hasta que no entienda que las nuestras son mejores. 

Las rabietas como camino a la independencia y a la defensa de las propias ideas:
Es un periodo duro para los padres, puesto que los niños lo cuestionan todo y se oponen a todo lo que no entienden. Pero eso es bueno porque hará que de mayores sepan cuestionarse adecuadamente las cosas. Usted no quiere un hijo que no se plantee los porqués y obedezca ciegamente; usted quiere un hijo que tenga ideas propias y quiera defenderlas mientras no le demuestren que las hay mejores. Por eso siempre digo que la etapa de las rabietas es buena y pobre del niño que no la pase, porque eso quiere decir que no tiene ideas propias o que le han machacado tanto que ya ha dejado de defenderlas. Lo que no es bueno ni deseable es que provoquemos que el niño se ofusque y arme un escándalo en medio del súper. Eso se puede evitar, y después explicaremos cómo, pero el hecho de que tenga ideas diferentes a sus padres es una cosa buena que permite el debate sobre un tema y el aprendizaje de lo que es más correcto. 
Cuantas más rabietas tenga el niño (o estas sean de mucha intensidad), mayor es su grito pidiendo ser aprobado, mayor es su necesidad de amor y aceptación; lo que pasa es que con este comportamiento consigue lo contrario: que le rechacemos más, con lo que el problema se cronifíca.
En muchos de mis escritos suelo incluir una frase que explica este hecho muy bien: "Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite". Porque estos comportamientos necesitan más cariño que censura, más explicaciones que obediencia ciega, más compañía que ignorancia. Puede que los niños estén equivocados, pero ignorar o censurar su comportamiento no hará que aprendan el adecuado.

Las rabietas como aprendizaje de la transgresión:
Esta etapa de las rabietas es buena para el niño, como ya hemos dicho, pero también para toda la familia. De todos es sabido que la sociedad y la familia cambian, quizás ahora más rápido que nunca.
Según la psicóloga Judy Dunn, el aprendizaje que los niños y niñas desarrollan para diferenciar las normas sociales que son realmente importantes de las que no lo son se hace con un mecanismo que se llama transgresión. Desde los 2 años de edad, saltarse las normas parece el procedimiento adecuado para explorar la realidad normativa de la familia, ya que al hacerlo y observar la reacción de las personas adultas, los niños son capaces de establecer qué normas son importantes, cuáles no lo son y cuáles sólo lo son a veces. Es por eso que, aunque parezca que el niño quiera llevarle la contraria, lo único que está haciendo es comprobar si aquello es tan importante como parece. Esto nos obliga, como padres, a replantearnos cosas: ¿realmente es tan importante que me pelee cada día con mi hija porque no quiere llevar botas sino zapatillas de deporte? ¿No es mejor que cada uno elija cómo quiere ir vestido? ¿No es mejor cambiar la norma de casa según la cual yo, como madre, tengo que elegir la ropa de todos? Y así se cambian las dinámicas familiares. Aquellos padres que no hayan tenido que modificar en nada sus normas y creencias porque sus hijos les hayan demostrado lo inútiles que eran, es que viven encerrados en un planeta irreal.

Las rabietas tienen fecha de caducidad:
Se haga lo que se haga, las rabietas tienen un final que viene marcado por la edad. Cuando el niño crezca y disponga de un lenguaje que le permita comunicarse mejor o tenga un razonamiento más perfeccionado, entenderá mejor nuestras ideas y sabrá defender las suyas sin ofuscarse tanto. Si le quitas la televisión a un niño de 3 años sin explicarle los motivos, llorará o pataleará, pero si se lo haces a un niño de 10 años te preguntará primero por qué y luego criticará (aunque sea a gritos y con improperios) lo dictatorial de tu decisión. Pero no se tirará al suelo llorando y montando una rabieta.
La rabieta es típica de un niño que no tiene más armas que el llanto y la agresividad para defender lo que piensa frente a un adulto (mucho más equipado), por lo que a veces sólo le queda el derecho al pataleo. Según vaya teniendo más herramientas (nivel de lenguaje, razonamiento, estrategias de negociación...), prescindirá antes de las rabietas, ya que sabrá defender sus ideas de otras formas. Cuanto antes les enseñemos estas estrategias, mucho mejor.

En la segunda parte de esta nota veremos cómo prevenirlas, y cómo actuar cuando de todas formas suceden. Puedes leerla AQUÍ