viernes, 29 de abril de 2016

Enseñando sin violencia

Hace poco salieron los resultados de uno de los estudios más grandes que se han hecho sobre la violencia en la crianza. 50 años de estudio y más de 160 mil niños, para concluir que los palmazos NO educan y NO se asocian con una mayor obediencia inmediata o a largo plazo (ver la noticia ACA). Por el contrario, mientras más golpes recibe un niño, mayor es la probabilidad de que desarrolle un comportamiento antisocial, agresividad, problemas de salud mental y dificultades cognitivas (de por vida). Como los mismos autores revelan, este estudio se refería al efecto de los palmazos comunes y no a violencia severa, de esa que deja secuelas físicas evidentes. Palmazos, nalgadas, de esas que muchos dicen dar “por su bien” o usando frases repetidas como “me duele más a ti que a mí”. Esas palmadas que, según revelan las cifras de la UNICEF (2014), hasta un 80% de los padres todavía les da a sus hijos “por su bien”. Y leer los comentarios de la gente ante los resultados de este estudio en sitios como bebesymas me ha dejado mal. Me confirma que ese 80% puede incluso ser más alto (¿cuántos padres confiesan golpear? ¿Cuántos niños callan por vergüenza o miedo?). Hemos normalizado a tal grado la violencia, que la mayoría de la gente la justifica con frases del tipo “a veces se lo merecen” o le baja el perfil diciendo “hablamos de una nalgada no de golpes” (¿en qué minuto un golpe de cualquier tipo deja de ser golpe?). La frase más recurrente suele ser “a mí me pegaban y salí bien” (o peor “gracias a eso” salí bien). No puede haber salido tan bien alguien que considera que un niño merece un golpe. Y leyendo los comentarios me doy cuenta de que el gran problema es la falta de recursos, que nos lleva a los extremismos. 

Quienes golpean piensan que no existe otra forma de educar, y que quienes no le pegamos a nuestros hijos somos unos permisivos que no les enseñamos nada. La permisividad es el otro extremo, es dañina y además de no enseñar nada produce una tremenda inseguridad en el niño, que necesita sentir que sus padres lo guían y tienen el control. Pero existen muchas formas entre los extremos. Se puede enseñar a través del ejemplo, de la empatía, de la explicación firme pero amorosa. ¿Cuántas cosas hemos aprendido en la vida sin necesidad de que nos peguen? Cuando dejamos de hacer algo por miedo a un golpe o un castigo, sólo hemos aprendido a evitar el castigo, no la razón real para no hacer algo. En cuanto perdamos el miedo volveremos a hacerlo, porque no hemos entendido nada. O aprenderemos a hacerlo a escondidas, porque “si mis padres se enteran me llega”. El miedo paraliza y por lo tanto hace el aprendizaje más lento. 

Hoy les quiero contar uno de esos ejemplos, de cómo si se pueden enseñar sin necesidad de recurrir a castigos, amenazas o golpes, y cómo esas enseñanzas perduran en el tiempo.
Mi hijo va al jardín desde pequeñito. Sin familia cerca ni nadie de confianza que lo cuidara, tuve la suerte de encontrar un lugar que me dio confianza, y donde estuvo por más de dos años al cuidado de la mejor tía que le pudo tocar. Su tía Sandra pasó a ser su segunda mamá, e incluso preguntaba por ella los fines de semana, o durante las vacaciones. Ella tenía una particularidad que no me ha tocado ver en otra educadora. Se preocupaba de la consistencia. De que el niño en el jardín recibiera un trato similar (dentro de lo posible) al que le damos en casa, especialmente en los momentos de conflicto. No sé si lo había leído o estudiado, pero lo cierto es que la consistencia es uno de los pilares para que un niño asimile las reglas o normas de conducta más rápido, y por eso agradecí mucho que se preocupara de eso. Ella tenía reuniones con los padres, donde nos preguntaba cómo corregíamos las actitudes negativas. En esas reuniones yo le expliqué que a nuestro hijo nunca lo habíamos castigado, menos golpeado, ni tampoco usábamos premios. Que alguna vez se me ha salido un grito (que tampoco soy una santa y a veces me agarra un día agotada o estresada por algo del trabajo), pero que en esos casos le pedía disculpas y le explicaba que la mamá también tenía días malos, aprovechando así de sacar algo positivo de mi descontrol. Le expliqué que cuando hacía algo que nos parecía mal nos agachábamos a su altura para ayudar a conectar, tratábamos de empatizar para asegurarnos de que nos escuchara, y luego le explicábamos con tono amable, pero serio, por qué eso no se hacía. Y que cuando era posible, buscábamos alguna forma de remediar lo que había hecho. No sé si la tía Sandra me tomó por loca o hippie en su momento, o si le pareció bien lo que hacíamos, porque tenía esa capacidad que tienen algunos de mantener “cara de poker” para que no supieras lo que estaba pensando. Pero muchas veces me di cuenta de que ella resolvía los conflictos con mi hijo de esa misma forma (se agachaba, le explicaba…). Un día al ir a buscarlo, poco antes de cumplir los 3 años, la tía me contó que mi hijo había roto un par de libros. Mi primera reacción fue de preocupación, porque le hemos inculcado el amor y respeto por los libros desde que tenía meses, y le gustan tanto que se duerme leyendo cada noche y no hay viaje al que podamos ir sin ellos. Cuando compramos uno nuevo no hay nada más importante para él en el mundo que leerlo ya mismo. Si había roto un par de libros es que seguramente estaba sintiéndose mal por algo. En vez de castigarlo, la tía nos mandó los libros en la mochila para que los reparáramos. Llegando a casa le pregunté qué había pasado ese día, y efectivamente estaba enojado por algo que ya ni me acuerdo (parece que lo malo se olvida fácil). Entonces le expliqué que había otras formas de expresar el enojo, pero que romper los libros de la sala le hacía daño a él y también a sus compañeros, porque a todos les gustaba mirarlos o que las tías se los leyeran. Los reparamos como pudimos, pero le mostré que igual habían quedado feos, y decidimos juntos que él llevaría uno de sus libros de regalo para compensar el daño. Le costó elegir uno, porque a esa edad les cuesta mucho desprenderse de sus cosas, pero lo hizo sin necesidad de que lo obligara. Al día siguiente llegó feliz del jardín. Me contó que su tía lo había llevado adelante y les había mostrado a todos cómo habíamos reparado los libros, y cómo había compensado el daño regalando uno de los suyos. Eso lo hizo sentirse orgulloso y feliz, y no volvió a hacerlo. Esa experiencia, positiva, le había enseñado mucho más que un castigo.


Enseñémosle a los niños las consecuencias de sus actos y las formas de solucionar los problemas. Que no dejen de hacer las cosas por miedo. Recordemos que para ser adultos respetuosos, primero debemos haber sido niños respetados

jueves, 28 de abril de 2016

Los palmazos NO educan

Según un nuevo estudio, los palmazos pueden causar problemas mentales de por vida en los niños

Para algunos, el palmazo o nalgada ha sido durante mucho tiempo la forma de castigar a niños desobedientes. De acuerdo con un informe del 2014 de la UNICEF, hasta el 80 por ciento de todos los padres de todo el mundo da palmazos a sus hijos. Sin embargo, un nuevo estudio confirmó que los palmazos son contraproducentes, y cuánto más palmadas reciba un niño, más probabilidades hay de que desafíe a sus padres.
 
El estudio de la Universidad de Texas en Austin (UTA) y la Universidad de Michigan fue publicado en la edición de abril del "Journal of Family Psychology" (diario de psicología familiar), y analizó 50 años de datos de más de 160.000 niños. Elizabeth Gershoff, co-autora del estudio y profesora asociada de desarrollo humano y ciencias de la familia en la UTA, explicó que el estudio se limitó a los efectos de palmazos en general, y no a comportamientos potencialmente abusivos*. En este estudio, el palmazo se define como "un golpe con la mano abierta en el trasero o las extremidades".

Se concluyó que los palmazos también puede causar problemas sociales y de desarrollo para toda la vida. El estudio encontró que a medida que la cantidad de golpes aumenta, también lo hace la probabilidad de un mayor comportamiento antisocial, agresividad, problemas de salud mental y dificultades cognitivas. Gershoff explica: "Encontramos que los azotes se asocian con resultados perjudiciales, no deseados, y no se asocian con una mayor obediencia inmediata o a largo plazo (algo que buscan los padres cuando "disciplinan" a sus hijos así)". Básicamente, las nalgadas no funcionan, afirma el estudio.

"Nosotros, como sociedad, pensamos que el palmazo y el abuso físico son conductas diferentes." dijo Gershoff. "Sin embargo, nuestra investigación muestra que los palmazos se vinculan con los mismos resultados negativos que el abuso, sólo que a un grado ligeramente menor. Esperamos que nuestro estudio pueda ayudar a educar a los padres sobre los daños potenciales de los palmazos y los impulse a probar formas positivas y no punitivas de disciplina." Gershoff fue co-autora del estudio junto a Andrew Grogan-Kaylor, profesor asociado de trabajo social en la Universidad de Michigan.

*Aclaración: En esta página consideramos que una nalgada o palmazo si ES abuso. 

martes, 19 de enero de 2016

Rabietas, según Rosa Jové (Parte 2)

En la primera parte de esta nota (AQUI) vimos lo que son las rabietas y por qué son importantes en el desarrollo del niño. En esta segunda parte, les dejamos las recomendaciones que nos hace la psicóloga infantojuvenil Rosa Jové en su libro "Ni rabietas ni conflictos" para prevenirlas (dentro de lo posible) y para saber cómo actuar cuando se producen

¿Cómo prevenirlas?
En primer lugar, comprendiendo que el niño tiene sus razones, aunque no las entendamos.
En segundo lugar, permitiendo que pueda hacer de cuando en cuando lo que quiere si no es nocivo para la salud.
En tercer lugar, distrayendo al menor con otra cosa. 
No obstante, hay unos puntos que también sirven y hay que matizar más:
- La evitación: La mejor guerra es la que no se da. Si usted tiene un niño que cada día al ir al colegio pasa por delante de un quiosco y le pide que le compre algo y coge una rabieta ante su negativa, ¿no cree que es mejor cambiar la ruta para ir al cole? Si ir al supermercado es un motivo de conflicto, ¿no puede turnarse con su pareja para que vaya uno y el otro se quede con el niño? Dicen que ante el chocolate toda resistencia es inútil y los niños lo corroboran con todos los dulces, galletas y chucherías de los supermercados que quieren llevarse a casa. Por cierto, ¿se imagina por qué ponen las chucherías en las líneas de caja? Porque saben que por la caja pasa todo el mundo (niños incluidos) y que algo pedirán mientras esperan a que cobren a su madre. Los expertos en marketing lo tienen todo calculado.
- Paciencia y flexibilidad: Si usted está convencido de que las rabietas son un problema pasajero, que se pasa con la edad, eso le ayudará en este periodo. En cambio, si usted es de los que cree que si no las soluciona a base de mano dura el niño será un malcriado toda la vida, lo va tener muy difícil. Para ayudarle a cambiar, por si fuera de este último grupo de padres, hay una pregunta que puede ayudarle mucho: ¿en cinco años esto importará? Y es que las cosas tienen una importancia relativa y, a veces, castigamos muy duramente a nuestros hijos por algo de lo que, al cabo de los años, nos reímos por lo exagerados que fuimos. ¿Cuántos niños en un despiste de sus padres han cogido unas tijeras y se han cortado el pelo, las coletas o el flequillo de su hermano? Con el tiempo nos reímos al ver las fotos: no pasó nada, tan sólo un leve perjuicio estético. Eso no se merece un castigo (bueno, a los padres sí, por dejar una tijera a mano de los niños; si lo hubiera hecho la profesora, seguro que habrían ido a quejarse); en lugar de un castigo o quitarle las tijeras bruscamente, o decirle lo condenable que es aquello, es mejor distraerlo de las tijeras con suavidad y darle una explicación al niño: "Hasta que no aprendas a hacerlo correctamente, el pelo mejor lo corta la peluquera o los papas". Con lo primero (decirle lo mal que está o quitarle la tijera bruscamente) es probable que ganemos una rabieta, mientras que con lo segundo seguramente la evitaremos y el niño aprenderá quién debe cortar el pelo.
- Las expectativas cumplidas: Los niños no se conocen a sí mismos, no saben cómo son, si son buenos o malos: lo saben por lo que les decimos, y como nos creen, porque ya se sabe que "mi papá lo sabe todo", acaban pensando que son así y comportándose así. Es lo que se llama expectativas cumplidas. Nosotros terminamos siendo su espejo: si lo que ellos ven allí es bueno, crecerán con una autoestima alta, y si lo que ven es reprobación hacia su forma de ser, crecerán con una autoestima baja. Laura Gutman lo explica muy bien: Los niños creen en los padres. Cuando les decimos una y otra vez que son encantadores, que son los príncipes o princesas de la casa, que son guapos, listos, inteligentes y divertidos, se convierten en eso que nosotros decimos que son. Por el contrario, cuando les decimos que son tontos, mentirosos, malos, egoístas o distraídos, obviamente responden a los mandatos y actúan como tales. Aquello que los padres -o quienes nos ocupamos de criar- decimos se constituye en lo más sólido de la identidad del niño. Podemos no estar de acuerdo con lo que ha hecho nuestro hijo, pero nunca le censuraremos a él, sino a su conducta. Errar es humano y más en unas edades en las que no pueden razonar coherentemente, pero eso no implica ser mala persona. Dígale a su hijo lo maravilloso que es aunque el niño se equivoque en lo que haga o piense.

Y cuando no pudimos evitarla, y la rabieta ya estalló
¿Cómo se solucionan?
Hay dos formas dependiendo de si el niño tiene lenguaje o no. Los niños rayando los 18 meses es difícil que lo tengan, mientras que a los 4 años casi todos lo tienen. 

Para niños que hablan o entienden bastante, hablando con el niño y siguiendo los tres pasos:

PASO 1: Comprensión. La primera palabra que debería salir de la boca de unos padres es de comprensión hacia su hijo. Es una de las partes más importantes, porque cuando un niño se siente atacado, o es presa de un enfado, en ese momento no puede escuchar a nadie, así que por mucho que le quiera educar cerrará sus oídos. Incluso algunos se los tapan para no escuchar. Intente comprender sus sentimientos. Vea: 
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Pues eres un desordenado, y debemos aprender a recoger porque, si no, no podremos volver a jugar. ¿Es que no te das cuenta de que lahabitación está muy mal? Y que..."
A estas alturas seguramente ya se habrá tapado los oídos o intentará escapar. Si lo hacemos con comprensión, el diálogo podría ser:
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual."
¿Usted cree que el niño se tapará las orejas o seguirá escuchando lo que tiene que decirle? Seguramente continuará escuchando.

PASO 2: Educación. Lo segundo es educarle, pues esa es una tarea que nos compete, y por tanto le explicaremos qué se espera de él o lo que debe hacer. Pero recuerde que deben ser frases cortas, porque en cuanto el niño vea que hay un sermón seguramente sus oídos volverán a cerrarse a sus palabras. Los niños tienen una gran facilidad para desconectar. Veamos:
  • Niño:"¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual [paso 1: comprensión]. Pero hemos de aprender a recoger para que el día de mañana seamos ordenados. ¿A que no te gustaría tenerlo todo desordenado? Además, si no ordenamos la habitación se pierden los juguetes y luego no los encontramos y no podemos barrer ni limpiar y encima...".
¡Pare! Su hijo ya ha desconectado desde la segunda frase. Él ya ha intuido que es un sermón y sabe el final. Si quiere que su mensaje educativo llegue, a estas edades es mejor usar pocas palabras, así que priorice una enseñanza de todas las que hemos nombrado antes. Si su hijo a partir de entonces lo hace siempre bien, enhorabuena, pero si no lo consigue, ya tendrá otras oportunidades de cambiar la frase y darle más razones de por qué debe ordenar su habitación. Así que un buen ejemplo sería: 
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual [paso 1: comprensión]. Pero hemos de recoger para mañana encontrar los juguetes [paso 2: educación]".

PASO 3: Elección. Queremos adultos que sepan elegir, que sepan tomar sus propias decisiones, y nunca enseñamos a los pequeños a hacerlo. Los niños aprenden a tomar buenas decisiones si antes pueden elegir por sí mismos. Nunca lo harán si sólo siguen órdenes. En este sentido la historia podría desarrollarse así:
  • Niño: "¡No quiero recoger la habitación!"
  • Madre: "Es verdad, es un trabajo pesado. A mí me pasa igual [paso 1: comprensión], Pero hemos de recoger para mañana encontrar los juguetes [paso 2: educación]. ¿Cómo lo arreglamos? ¿Te digo dónde van las cosas y tú las vas metiendo? ¿O lo hacemos los dos a medias, un trocito de la habitación cada uno? [paso 3: elección]".
Su objetivo es que su hijo aprenda con el tiempo a ordenar, no que desde el primer día lo haga solo y bien, así que dele un par de opciones, y problema resuelto. Es posible que su hijo le dé una nueva opción: 
  • "Miras mamá, mejor mitad para cada uno y de mi parte me dices dónde van las cosas."
¿Hay que aceptar esta nueva opción? Pues si no atenta contra la integridad física de nadie, se puede aceptar. Al fin y al cabo, el niño acaba recogiendo, usted le enseña y se han ahorrado una rabieta. Y por si fuera poco ha aprendido a tener ideas propias.

Veamos otro ejemplo:
  • Madre: "Nil, ¡es la hora del baño!"
  • Nil: "¡No quiero!"
  • Madre: "¡No me extraña, Nil, que no quieras venir a bañarte! ¡Con lo bien qué estás jugando! [paso 1: comprensión]. Pero tú sabes que cada día antes de cenar nos bañamos, porque llegamos sucios del cole, ¿verdad? [paso 2: educación]. ¿Qué te parece? ¿Te ayudo a bañarte, y así vamos más rápidos y puedes jugar después, o te dejo cinco minutos más y te vas a bañar solo? [paso 3: elección]."
El objetivo principal es que el niño se bañe, y lo hemos conseguido. ¡No importa que sea cinco minutos antes o después de la hora! 

Siguiendo estos pasos, no sólo conseguimos que nos haga caso, sino que además le estamos educando mucho más que si le obligamos sin más. Y encima aprende a tomar decisiones. Tan sólo debe tener en cuenta dos cosas:
1. Que el niño le escuche (intente ponerse a su altura, o compruebe que le escucha aunque haga otra cosa), y si está ya muy ofuscado, tranquilícele primero diciendo que todo tiene solución si lo hablan, pero que para hablar hay que estar algo más calmados. Permanezca a su lado hasta que el niño ya haya dejado de llorar.
2. Que le siga escuchando, para lo cual es importante el paso 1 (comprensión) porque si el niño ve que le va a llevarla contraria cerrará sus oídos. No siga con esta técnica si primero no ha dejado bien clara la parte de la comprensión.
En todo comportamiento del niño hay una razón, aunque no sea aceptable: dígale que entiende su razón aunque no la comparta.

¿Qué hago si mi hijo no cumple lo que han pactado? ¿Entonces debo castigarle?
Si su hijo no cumple puede rectificar su actitud mostrando el camino, prestando su ayuda o preguntando el motivo de su actitud. Vea el siguiente caso:
  • Madre: "Después de bañarte debes dejar la ropa en el cesto."
  • Niño: "¡No quiero!"
  • Madre: "No me extraña que no quieras; es mucho mejor ir a jugar que poner la ropa en el cesto [paso 1: comprensión]. Pero como es ropa sucia la tenemos que lavar y si no está en el cesto nadie sabe que debeponerse a la lavadora [paso 2: educación]. ¿Cómo lo solucionamos? ¿La pones tu a partir de ahora que ya lo sabes o quieres que lo hagamos un día cada uno hasta que sea tu cumpleaños? [paso 3: elección]". 
Imagine que al día siguiente le toca al niño poner la ropa en el cesto y no lo hace. En primer lugar, le mostramos el camino: "Cariño, acuérdate de que debes poner la ropa en el cesto". 
Si sigue sin hacerlo, le prestamos nuestra ayuda (al fin y al cabo, se trata de educarle; debemos ayudarle siempre que lo necesite): "Veo que sigues sin poner la ropa en el cesto, ¿necesitas ayuda? ¿Te pasa algo?".
Y si sigue sin ponerla, se puede acercar a él (lo anterior puede decírselo aunque esté en otra habitación, siempre que esté segura de que la oye) y en plan reunión familiar decirle: "Ayer te comprometiste a poner la ropa en el cesto. ¿Lo entendiste? ¿Por qué no lo has hecho?".
A lo mejor se piensa que hoy también le tocaba a usted, o se ha despistado de día. Sea como sea, con estos avisos la gran mayoría de los niños suelen tener suficiente.

Cuando el niño no habla (ni entiende): 
Para los más pequeñitos, para aquellos que apenas llegan a los 2 años, es muy difícil utilizar la técnica de los tres pasos. Cuando el niño es pequeño, ni habla ni entiende. Por eso a la más mínima que se ofusque porque le hayamos cambiado una cosa de lugar o le hayamos prohibido algo que él cree que debería hacer, va a estallar en una rabieta. El problema es la falta de comunicación: los padres no saben lo que pasa por su cabeza porque él no se hace entender, y el niño no entiende las razones de sus padres. Lo único que podemos hacer es permanecer a su lado y decirle frases cortas que reflejen lo siguiente: 
  • "Lo que nos pasa es porque no te entiendo y tú no me entiendes a mí, pero mamá (o papá) va a quedarse a tu lado hasta que estés mejor y veamos cómo solucionarlo". 

Un niño de 2 años no entenderá exactamente las palabras, pero llegará un día en que sí y entonces entenderá que siempre que tuvo una rabieta su madre estuvo a su lado preocupada por cómo podrían solucionarlo, y eso hará que en el futuro se enfade menos y se vaya reconfortando por la presencia y contacto de su madre.

Muchos niños, cuando están ofuscados, no admiten el contacto porque patalean o empujan. Si es así, manténgase a una distancia prudencial y vaya acercándose conforme su hijo le deje. Mientras, siga diciéndole que si eso sucede es porque no se entienden, pero que usted permanecerá a su lado hasta que esté mejor

En este video, Chile Crece Contigo también nos explica en forma gráfica cómo tratar una pataleta, siguiendo la misma línea respetuosa


Rabietas, según Rosa Jové (Parte 1)

Muchas de las consultas que nos llegan, especialmente de padres de niños alrededor de los 2 o 3 años, tienen que ver con cómo manejar de una forma respetuosa las rabietas (también llamadas pataletas o berrinches). Otros nos preguntan cómo evitar que sucedan, o cómo hacer que el niño deje de gritar. No hay recetas mágicas, y hay que entender que las rabietas son algo normal en el desarrollo de un niño sano. Podemos evitar muchas de ellas (ya veremos cómo) pero no todas. Y una vez que el niño ya ha explotado, NO DEBE SER NUESTRA PRIORIDAD QUE DEJE DE GRITAR, porque nos da vergüenza lo que piense el vecino por ejemplo, o porque estamos demasiado cansados para soportar gritos y pataleos. Si esa es la prioridad, muchas veces caeremos en prácticas dañinas: amenazas, gritos o el aislamiento (time-out) por un lado, o el darle en el gusto con lo que quiera (incluso si es dañino para su salud) en el otro extremo  
La prioridad durante una rabieta, para un sano desarrollo emocional del niño, es que nosotros mantengamos la calma (recordando que somos su ejemplo) y le brindemos la contención necesaria para que sepa que lo amamos y que puede contar con nosotros en las buenas y también en las malas (lo que a futuro se traducirá en un niño que confía en sus padres cuando tiene un problema). Debemos mostrar empatía, agachándonos a su altura y validando sus sentimientos (no puedo darte lo que pides, pero ENTIENDO que te enfades), lo cual hará que se muestren más abiertos a escuchar. 

En su libro "Diario Clínico", el doctor en psicología Sebastián León escribe:
¿Cómo pueden los hijos estar seguros del amor de sus padres? 
Hay un momento especialmente importante: cuando se dan cuenta que ellos los pueden calmar y contener cuando se sienten tristes, enojados, asustados o simplemente aburridos. En efecto, no hay mejor manera de que los niños vivencien nuestro paciente amor que conteniéndolos durante una pataleta. Así, al experimentar nuestra propia calma, ellos podrán hacer de manera gradual el maravilloso aprendizaje de la autorregulación emocional. 
Ciertamente, a veces estaremos cansados o fastidiados, y fallaremos. Pero si esto último es más la excepción que la regla, no hay demasiado problema: los padres somos seres humanos y falibles. 
Las pataletas, entonces, son una oportunidad privilegiada para que nuestros hijos incorporen de nosotros, sus propios padres, las bases de la inteligencia emocional. En definitiva, el problema no es la pataleta: depende de nosotros estar a la altura y ser maestros suficientemente buenos.

La psicóloga infantojuvenil Rosa Jové, en su libro "Ni rabietas, ni conflictos" nos explica lo que son las rabietas, y por qué son una etapa necesaria en el camino a la independencia.

¿Qué son las rabietas?
En el momento en que empiezan el lenguaje y el razonamiento (hacia los 2 años) el niño empieza a tener ideas propias, a saber que es un sujeto diferente del resto (ya empieza a utilizar su nombre o la palabra "yo" parareferirse a él) y empieza a querer independizarse (lo que no quiere decir que lo consiga tan pequeño). El resultado de todo esto es un niño que quiere meter una pieza cuadrada en una redonda porque tiene ideas propias de cómo se debe hacer el puzle. Que pinta las paredes porque cree que van a quedar más bonitas o que tiene un sentido propio de dónde deben ponerse los guisantes antes de comerlos. Y cuando le llevemos la contraria, eso va a provocar rabietas.
Porque una rabieta no es nada más que un deseo del niño enfrentado al deseo de los padres. Es una idea propia de un niño enfrentada a la idea que tiene el padre sobre cómo hay que hacer aquello. Y el niño, como no entiende lo que pasa, se ofusca y estalla emocionalmente.
Yo no digo que la idea buena sea la del niño; normalmente lo aconsejable suele ser lo que dicen los padres, pero en su rudimentaria forma de empezar a razonar el niño tiene unas razones que son muy importantes para él y las va a defender a capa y espada hasta que no entienda que las nuestras son mejores. 

Las rabietas como camino a la independencia y a la defensa de las propias ideas:
Es un periodo duro para los padres, puesto que los niños lo cuestionan todo y se oponen a todo lo que no entienden. Pero eso es bueno porque hará que de mayores sepan cuestionarse adecuadamente las cosas. Usted no quiere un hijo que no se plantee los porqués y obedezca ciegamente; usted quiere un hijo que tenga ideas propias y quiera defenderlas mientras no le demuestren que las hay mejores. Por eso siempre digo que la etapa de las rabietas es buena y pobre del niño que no la pase, porque eso quiere decir que no tiene ideas propias o que le han machacado tanto que ya ha dejado de defenderlas. Lo que no es bueno ni deseable es que provoquemos que el niño se ofusque y arme un escándalo en medio del súper. Eso se puede evitar, y después explicaremos cómo, pero el hecho de que tenga ideas diferentes a sus padres es una cosa buena que permite el debate sobre un tema y el aprendizaje de lo que es más correcto. 
Cuantas más rabietas tenga el niño (o estas sean de mucha intensidad), mayor es su grito pidiendo ser aprobado, mayor es su necesidad de amor y aceptación; lo que pasa es que con este comportamiento consigue lo contrario: que le rechacemos más, con lo que el problema se cronifíca.
En muchos de mis escritos suelo incluir una frase que explica este hecho muy bien: "Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite". Porque estos comportamientos necesitan más cariño que censura, más explicaciones que obediencia ciega, más compañía que ignorancia. Puede que los niños estén equivocados, pero ignorar o censurar su comportamiento no hará que aprendan el adecuado.

Las rabietas como aprendizaje de la transgresión:
Esta etapa de las rabietas es buena para el niño, como ya hemos dicho, pero también para toda la familia. De todos es sabido que la sociedad y la familia cambian, quizás ahora más rápido que nunca.
Según la psicóloga Judy Dunn, el aprendizaje que los niños y niñas desarrollan para diferenciar las normas sociales que son realmente importantes de las que no lo son se hace con un mecanismo que se llama transgresión. Desde los 2 años de edad, saltarse las normas parece el procedimiento adecuado para explorar la realidad normativa de la familia, ya que al hacerlo y observar la reacción de las personas adultas, los niños son capaces de establecer qué normas son importantes, cuáles no lo son y cuáles sólo lo son a veces. Es por eso que, aunque parezca que el niño quiera llevarle la contraria, lo único que está haciendo es comprobar si aquello es tan importante como parece. Esto nos obliga, como padres, a replantearnos cosas: ¿realmente es tan importante que me pelee cada día con mi hija porque no quiere llevar botas sino zapatillas de deporte? ¿No es mejor que cada uno elija cómo quiere ir vestido? ¿No es mejor cambiar la norma de casa según la cual yo, como madre, tengo que elegir la ropa de todos? Y así se cambian las dinámicas familiares. Aquellos padres que no hayan tenido que modificar en nada sus normas y creencias porque sus hijos les hayan demostrado lo inútiles que eran, es que viven encerrados en un planeta irreal.

Las rabietas tienen fecha de caducidad:
Se haga lo que se haga, las rabietas tienen un final que viene marcado por la edad. Cuando el niño crezca y disponga de un lenguaje que le permita comunicarse mejor o tenga un razonamiento más perfeccionado, entenderá mejor nuestras ideas y sabrá defender las suyas sin ofuscarse tanto. Si le quitas la televisión a un niño de 3 años sin explicarle los motivos, llorará o pataleará, pero si se lo haces a un niño de 10 años te preguntará primero por qué y luego criticará (aunque sea a gritos y con improperios) lo dictatorial de tu decisión. Pero no se tirará al suelo llorando y montando una rabieta.
La rabieta es típica de un niño que no tiene más armas que el llanto y la agresividad para defender lo que piensa frente a un adulto (mucho más equipado), por lo que a veces sólo le queda el derecho al pataleo. Según vaya teniendo más herramientas (nivel de lenguaje, razonamiento, estrategias de negociación...), prescindirá antes de las rabietas, ya que sabrá defender sus ideas de otras formas. Cuanto antes les enseñemos estas estrategias, mucho mejor.

En la segunda parte de esta nota veremos cómo prevenirlas, y cómo actuar cuando de todas formas suceden. Puedes leerla AQUÍ

sábado, 15 de agosto de 2015

Casi Des-tete y Re-tete... Y ni yo me creo que ya son 30 meses

Confiezo que antes de ser madre no sabía practicamente nada de lactancia, y las experiencias familiares que me había tocado ver eran de teta con horarios, con cronómetro por lado, y el "se me acabó la leche" a los 3 o 4 meses. Yo misma no tomé más que eso según mi madre (a quien también "se le acabó" a esa edad), y lo veía como lo normal. Aunque si había un par de historias de lactancias más extendidas en la familia. Mi propio padre tomó hasta los 2 años, y su hermano hasta los 5. Pero como crecieron en Yugoslavia en una época de post guerra, se contaba como una "anécdota" familiar, quizás hasta con la excusa de "es que no había otra cosa". Y cuando él contaba orgulloso que gracias a eso eran tan sanos, yo pensaba para mi misma "gracias a eso no se murieron". ¿2 años, 5 años? No, nunca me imaginé amamantando a un niño que ya caminara o hablara de corrido.

Pero un día de febrero llegó mi duendito a cambiarlo todo. Aunque no nació como queríamos, y se fue con su papi mientras a mi me cosían la herida de una cesárea (que podría haberse evitado con más información), una hora después nos encontrábamos juntos al fin, comenzando, entre otras cosas, esta lactancia que ha ido mucho más allá de lo que alguna vez imaginé. 

Me habían advertido de lo doloroso que era amamantar, de las grietas en el pezón. Incluso me habían regalado crema de lanolina y pezoneras de silicona para cuando el dolor fuera mucho. También me habían contado que al comienzo cuesta que se "enganchen" y que quizás necesitaría "relleno". Nunca me ha gustado esa palabra para hablar de la leche de fórmula, me suena como al relleno de manzana que le ponen al pavo de navidad, como si en vez de un bebé se tratara de un recipiente que hay que llenar a toda costa. Como si importara más tenerlo gordo que bien nutrido.

Pero mi duende me buscó enseguida, y sabía lo que tenía que hacer, como si lo hubiera hecho miles de veces antes. Nos pusimos panza con panza, se acomodó él solito para no tener que girar la cabeza, y abrió su boca muy grande para agarrar todo lo posible, comenzando a mamar sin que yo sintiera ningún tipo de dolor. La crema de lanolina la dejé para los labios partidos en invierno, y las pezoneras siguen en su envase original. 

"15 minutos por lado" me dijo la pediatra, porque después supuestamente ya no salían nutrientes, sólo grasa. Mientras lo veía mamar pensaba en el por qué de los 15 minutos. ¿Es que todos los bebés maman a la misma velocidad, o es un promedio? ¿Y esa "sólo grasa" no la necesita? Si la naturaleza la puso ahí por algo será ¿o no? La formación científica siempre me hace dudar de números redondos. Y llegaron los 15 minutos, y los 20, y él se veía tan tranquilo y feliz mamando que mi instinto me decía que lo dejara. Si él ya me había mostrado que sabía lo que tenía que hacer, seguramente también sabía cuándo parar. Y finalmente soltó, cuando se quedó dormido. Sentí un poco de culpa, como si hubiera hecho trampa en un examen, y vinieron las dudas... ¿Y ahora? ¿No se suponía que tenía que darle de los dos lados? ¿Se me va a hinchar un pecho? ¿Se va a quedar con hambre? 
Por suerte entró una matrona a ver como andaba todo, y volvió a mencionar los minutos por lado, pero para decirnos todo lo contrario. Nos dijo que era absurdo ponerle tiempo (ya me parecía), que la leche cambiaba su composición durante la toma, siendo más grasosa y calórica hacia el final, y que cada niño debía decidir cuánto rato tomaba, y cada cuánto. La grasa del final era necesaria para ganar peso, pero también para las conexiones cerebrales. Lactancia "a demanda y sin cronómetros", nos dijo. Ese mismo día decidí que tenía que informarme. Ya no me parecía tan confiable lo que me dijera un médico, si entre ellos mismos se contradecían. Sentí que ante la duda, debía confiar siempre en las señales de mi hijo. 
 
Llegando a casa me puse a leer. Carlos González con "Un regalo para toda la vida" fue nuestra luz. Entendí la lógica detrás de la libre demanda y lo importante que era dejar que el niño decida. Me confirmó lo sabia que es la naturaleza, y al leer sobre las crisis o brotes de crecimiento entendí por qué a muchas mujeres "se les acaba" la leche a los 3 o 4 meses. Culpa precisamente de no dar a demanda, y de creer que una botella de fórmula no va a afectar.
Los brotes de crecimiento llegaron uno tras otro, pero estaba preparada. Aunque fueron días agotadores, no me preocupaba pasar con mi duende encima todo el día por 4 o 5 días, porque sabía que era su forma de decirle a mi cuerpo que ahora necesitaba que produjera más. Tampoco me molestaban los comentarios de familiares del tipo "¿otra vez? Si tomó hace media hora". Cuando les explicaba lo que estaba sucediendo parecían quedarse tranquilos, sobre todo al ver que el tiempo pasaba y las tomas se volvían a regular. 

Eso de tomar de ambos pechos tampoco fue algo que mi duendito quisiera hacer hasta más o menos el año, cuando el calor del verano hizo que me pidiera muy seguido para hidratarse, y claro, tomando intercalado de ambos pechos obtenía más líquido. "¿Otra vez?" escuchábamos de vez en cuando. "Claro, si tenía sed!"  respondía amablemente. ¿A alguien se le ocurriría negarle el líquido? 
Yo que en un comienzo pensaba que amamantaría unos meses, había llegado a la famosa "meta" de 6 meses en exclusiva, y seguimos sin pensarlo demasiado, a pesar de la inevitable vuelta al trabajo. De eso ya les hablé en otra ocación y lo pueden leer aquí si les interesa. Sí, fue sacrificado andar con el extractor para todos lados durante un año, pero creo que si volviera atrás lo volvería a hacer igual.
La introducción a la comida la hicimos en trozos, después de leer todo sobre el baby led weaning. Y a medida que fue comiendo más, fueron disminuyendo las tomas, pero de forma muuuy esporádica. Y como era de esperarse, cada vez que había alguna enfermedad rondando la casa, la leche volvía a ser su alimento principal. 

Y así llegamos al año, y comenzaron las preguntas incómodas de amigos y familiares ¿Todavía? ¿Y te sale? ¿Hasta cuándo? Pero a esas alturas ya no pensábamos en tiempos. Después de haber leído miles de beneficios y no haber encontrado nada en contra de amamantar todo el tiempo que quisiéramos, dejé de justificarnos con las recomendaciones de la OMS y comencé a dar la respuesta más simple: "Ambos lo disfrutamos".


Pero un día, semanas antes de cumplir los 2 años, probó la teta, la soltó y dijo: "hemana". ¿Cómo? "teta, hemana". ¿Me estaba diciendo que la teta ahora era para su hermana? Nos habíamos puesto en "campaña" para buscar hermanit@ apenas un par de semanas antes, ni siquiera tenía retraso. Probé una gotita de leche y la noté distinta. Más salada. Y entonces mi pareja y yo supimos que estaba embarazada, aunque la confirmación vino recién una semana después, con el atraso y el test.

Duendito fue tomando cada día menos. Pedía, pero tomaba un par de minutos y ya soltaba. Por primera vez en 2 años me dolieron los pezones, sentía un ardor cuando mamaba, y la crema de lanolina que quedaba fue usada finalmente para lo que se suponía que era. Esta vez también estaba preparada porque había leído mucho sobre lactancia en el embarazo y en tandem. Sabía que era normal, que era la sensibilidad de los pezones durante el embarazo. Sin embargo, aunque esperaba un destete natural y me imaginaba dando a ambos, el dolor me hizo dejar de ofrecerle. Ya no estaba tan segura de llegar al destete natural, pero al menos quería hacer un destete respetuoso siguiendo el ya conocido "no ofrecer, no negar". Él parecía entender que me dolía, incluso me ayudaba a ponerme crema (que luego yo tenía que esparcir bien), y al mes ya sólo me pedía para dormirse (siempre se ha dormido tomando su tetita mientras leemos un cuento). En los despertares nocturnos se enganchaba a tomar sólo por un minuto, o a veces directamente me pedía agua y se dormía sin necesitar su lechita. El destete se veía muy cerca y yo tenía sentimientos encontrados. En parte estaba feliz de que hubiera sido tan "fácil", sin llantos, y mucho más rápido que en otras experiencias que conocía. Pero por otra parte me daba nostalgia saber que ya no tendríamos esos momentos. Quizás había sido un poco abrupto para mí, que esperaba un proceso de meses.

Con 8 semanas y media, fuimos ilusionados en familia a hacer la primera ecografía. Pero duendito se puso mal, estaba angustiado, y se puso a gritar por su "hemana". Fue tanto, que el papá lo tuvo que sacar de la sala de eco, mientras el doctor me explicaba que no había latidos. Nuestr@ porotit@ había dejado de crecer unos días antes. Y otra vez, mi duende lo sabía antes que nosotros. Aunque te expliquen lo común que es, te hablen de una falla cromosómica o te digan que ya vas a poder volver a intentarlo, creo que el dolor que sentimos en esos días sólo lo puede entender quien lo ha vivido. Y los niños, que en los primeros años tienen una gran conexión con los padres, también lo sufren, aunque no lo entiendan. Duendito andaba sensible y a la vez muy regalón. Decidimos esperar, confiar en la naturaleza y dejar que las cosas siguieran su curso, que mi cuerpo se diera cuenta. En parte para sanar, y en parte porque queríamos enterrar a esa personita que estuvo con nosotros aunque haya sido tan poquito tiempo. Pero mi cuerpo no supo de la pérdida. El embarazo siguió su curso, la placenta siguió creciendo, y la leche se cortó, no sé si por el embarazo mismo o por la falta de succión. Duendito pedía cada noche, pero sólo cuando ya el cuento se estaba terminando, cuando ya se estaban cerrando sus ojitos. Alcanzaba a tomar medio minuto y se dormía. Era lo único que nos quedaba de la lactancia, el contacto. Aunque no saliera nada, no podía (ni quería) negarle esa seguridad que le daba el dormirse así. Mi cuerpo seguía embarazado, había vivido todos los malestares de los primeros meses, e incluso me había salido panza. Y entonces, con 16 semanas, el ginecólogo dijo que ya no era seguro seguir esperando, porque el cuerpo no reaccionaba y tenía mucho líquido. Si esperábamos a que fuera natural, o inducido con pastillas pero en casa, podía sufrir una hemorragia muy fuerte. Entonces decidimos operar. Aunque no era el cierre que esperábamos, tampoco podíamos arriesgar mi salud. Duendito necesitaba tener a su mami sana. Fue una operación rápida, con anestesia general, y en la sala de recuperación agradecí a la vida por haber decidido esperar esos meses. No me podía imaginar lo que hubiera sido estar ahí sola cuando recién supimos la noticia. El tiempo de espera nos había dado paz para aceptarlo y sanarlo. Y sentí todo el tiempo que mi angelita (porque si le creo a mi duende que era niña, como nosotros también lo sentíamos) me estuvo acompañando. Tuve que pasar esa noche en la clínica, y nuestro duende se durmió casi como cada noche, con su cuento, pero abrazado sobre el pecho de papá en vez de mamá, sin lágrimas. ¿Cuántas veces escuché decir que era dependiente de la teta para dormirse, que nunca la iba a dejar? Yo misma tenía miedo de cómo se iba a dormir sin mi esa noche, nuestra primera noche separados. Pero él me había mostrado que no era una dependencia, simplemente le gustaba tomar para dormirse, y si mamá no estaba, pues se acomodaba. En el primer despertar nocturno, como a las 2 AM, si lloró. Estaba desorientado, y con el sueño no se acordaba dónde estaba mamá. Pero con paseos y mimos se volvió a dormir a los 10 minutos. La siguiente despertada simplemente estiró la mano, tocó la barba de su papi, y siguió durmiendo. 

Al día siguiente me fueron a buscar todos juntos a la clínica. Duendito estaba preocupado por la intravenosa que me tenían en el brazo. Me abrazó mientras me la sacaban, y me daba besitos. Esa noche volvimos a acostarnos juntos los 3, leímos un cuento, se agarró a la teta y me miró con sus ojos grandes diciendo: "si sale", con una mezcla de emoción y sorpresa. Cuando se durmió me apreté un poco el pezón para ver. Sí, salía, aunque eran sólo unas gotitas, y era más bien aguada y pegajosa. ¿calostro? No lo sé, pero algo salía. 
Al par de días ya no eran gotitas aguadas sino leche a chorros, otra vez, y mi duendito volvía a hacer una toma larga mientras me decía "sale taaanto" con una sonrisa pícara. La sensibilidad de los pezones se había ido, y ya no me dolía que pasara más tiempo agarrado, y seguro que él se dio cuenta porque comenzó a aumentar los tiempos. 

Por poco más de un mes siguió pidiendo sólo para dormir. Hasta que llegó el primer resfrío de invierno y me empezó a pedir más. Y aunque el resfrío se fue hace 2 meses, parece que se acordó de cuánto le gustaba, y hemos tenido un aumento de las tomas. Es que con el frío que está haciendo por estos lados, nada más rico que pasar un rato abrazaditos mientras toma su lechita recién hecha. Desayuno, alguna que otra en la tarde, para dormir, y para re-dormir cuando despierta en las noches. Aunque algunos días, cuando está más entretenido, ni se acuerda y sólo pide para dormir. Y no me ha vuelto a pedir en público.

¿Destete? No, ya no lo veo cerca. Lo que nosotros tuvimos fue  algo así como un "Re-tete".

Hoy cumplimos 30 meses. 2 años y medio! Me imagino los comentarios que me haría mi padre si pudiera hablarme. Donde quiera que esté, estoy segura de que se está riendo con orgullo al vernos. 

Los estudios antropológicos muestran que la edad de destete natural va de los dos años y medio a los 7 años. No se si lleguemos a los 7, pero quien sabe. Por ahora nos encanta, y él decidirá hasta cuando.



"Eres un recién llegado, y yo ya soy tu aprendiz"
(Ismael Serrano)

martes, 4 de agosto de 2015

SMLM 2015: Nuestra historia de Lactancia y Trabajo

Hace poco se alargó el postnatal en Chile a 24 semanas. Muchos hablan de 6 meses, pero en verdad son 5 y medio. Y sabemos que se hace bastante difícil mantener la lactancia exclusiva hasta los 6 meses cuando tienes que volver antes a trabajar, especialmente porque ya no puedes seguir la recomendación de "a demanda".
Además, a los 6 meses los bebés "pueden" comenzar a comer otras cosas, pero no todos los niños están listos, ni todos los niños lo aceptan.
 
En nuestro caso, sumando postnatal y vacaciones, además de un jefe al que le agradezco haberme dado bastante libertad (en parte porque su hijo había sido amamantado hasta los 3 años y él era fan de la lactancia), volví a trabajar dos semanas después de cumplir los 6 meses. Dos semanas antes mi hijo había comenzado a “comer” un poco, pero como usamos baby led weaning, básicamente jugueteaba un poco con la comida y probaba sabores. La leche seguía siendo algo así como el 98% de su alimentación.
 
En mi trabajo, como en la mayoría, no tenía un lugar privado y limpio para extraerme leche. Comparto oficina con 4 hombres, y el baño no me parecía una opción higiénica. Por suerte la secretaria, que si tenía oficina sola, se ofreció para que yo “me encerrara” con ella mientras me extraía. Mis compañeros de trabajo (90% hombres) solidarizaron, comprometiéndose a golpear la puerta siempre que necesitaran algo de la secretaria, y nunca nadie reclamó porque estuviera cerrado con llave. 

Cada 3 horas, yo me encerraba media hora a extraerme. Y con eso dejaba la leche que mi duendito se tomaba al día siguiente. El tiempo que estábamos juntos, desde que yo llegaba en la tarde hasta que me iba después del desayuno, e incluyendo toda la noche ya que dormimos juntos, era “bar abierto”. Totalmente a libre demanda. Cuando a veces necesitaba leer algo en casa, la siesta agarrado a la teta era el momento ideal (como en la foto jeje).
 
Así pasamos un año, hasta que las cosas se complicaron. Llegó más gente al trabajo por una expansión del departamento, y ya ni siquiera la secretaria tenía oficina sola. Además, duendito nunca quería leche de varios días, ni menos congelada, así que cada día había que cumplir la meta de lo que se tomaba. Con la tensión de andar buscando oficina libre, y muchas veces teniendo que cambiar de oficina en medio de la extracción, me salía cada vez menos leche (con el sacaleches, porque cuando él tomaba seguía saliendo como siempre). El fin de semana tenía que mandarlo a pasear con el papá mientras yo me sacaba la leche para el lunes. Con año y medio, ya él comenzaba a pedir que mamá también los acompañara en el paseo. Y yo también tenía ganas de acompañarlos, cuando llegaban contándome sus “aventuras” en un bosque cercano a la casa.
Así que decidimos que ya era tiempo de despedirse del sacaleches. Yo no quería perderme esos momentos de fin de semana por un sólo biberón de mi leche que tomaba al día, sabiendo que todo el tiempo que estábamos juntos podía "ponerse al día" y tomar lo que le faltaba. Además, ahora que ya comía de todo, muchas veces ni siquiera se tomaba toda la leche que me sacaba, y como ya la habíamos calentado, se terminaba botando (cuando no alcanzaba a convertirla en flan de vainilla con agar agar).

Desde el año y medio pasamos a lactancia mixta. Mientras yo no estoy come sus comidas, y una leche de fórmula a media tarde (la que a veces se toma y a veces no. Nadie lo obliga porque sabemos que con mi leche tiene suficiente). Apenas llego a casa se abre nuevamente la libre demanda hasta la mañana siguiente. 

Así ha pasado otro año. Épocas de tomar mucho, épocas de tomar poco. Y ya en unos días cumple 2 y medio. Las tomas se han ido reduciendo paulatinamente, y cada vez despierta menos para pedir lechita (actualmente 1 o 2 veces por noche). Y la única que no perdona nunca es la toma para dormirse. 

Esperamos llegar a un destete natural, cuando él lo decida. Por ahora, disfrutamos de esos momentos, bien abrazaditos, y de esos ojitos que me miran con un brillo especial mientras toma.

Amamantar y trabajar. Si, es posible!

martes, 28 de julio de 2015

¿Límites? Pocos y con amor



¿Has pensado en cuántas veces al día escucha un niño la palabra NO? 

En muchos casos, el niño se pasa el día siguiendo ordenes: lo que puede o no puede hacer, lo que se tiene que poner, cuándo, cuánto y qué comer, a qué hora bañarse, a qué hora dormir, a qué hora despertar, e incluso a quien saludar. Sumado a todos los "no hagas..." por cosas que a veces de verdad el único que las nota eres tú. Y después nos preguntamos por qué explotan. Cualquier adulto sometido a esa presión explotaría al final del día. 

Los niños están descubriendo el mundo, no entienden las reglas, no conocen las rutinas familiares, no saben lo que es socialmente aceptado o no. Nosotros somos sus guías, y como tales debemos elegir lo que es más importante para comenzar a enseñar, teniendo claro que es imposible que un niño lo aprenda todo de golpe. Nuestro deber como padres los primeros años es principalmente evitar que se hagan daño o hagan daño a otros. Por eso los primeros años hay que poner POCAS reglas pero firmes, como he leído por ahí: "elegir tus batallas". 
Hay cosas que siempre son SI, y cosas que siempre son NO. Esas actitudes que a veces, según el ánimo de los padres, o según el momento del día son SI o NO, son las que más tardarán en comprender, porque no hay coherencia. 

No podemos tratar de que se comporten como pequeños adultos, porque no lo son. Ya habrá tiempo para ir enseñando eso de las "buenas costumbres" (que pueden ser muy distintas en una cultura que en otra, en incluso en tu casa o la del vecino). Y en esa etapa también deberemos acompañarlos y guiarlos con amabilidad y respeto, y sobre todo con el ejemplo, pues sabemos que como mejor aprenden es por imitación. 

Recordemos que no es lo mismo gritar "no subas los pies a la mesa" que decirle amablemente "cariño, los pies no se ponen sobre la mesa porque están sucios y acá ponemos la comida". ¿Aprenderá a la primera? No! Deberemos repetirlo muchas veces hasta que lo asimile, pero podemos repetirlo siempre con la misma amabilidad (la amabilidad no quita la firmeza). Yo tampoco aprendí a conducir el primer día que me subí a un coche, y sin embargo el instructor se mantuvo amable todo el tiempo que me demoré en aprender. 

Las cosas se aprenden de a poco, y sobre todo, se aprenden con el ejemplo.